Aunque se tiene entendido que las primeras cartas de tarot aparecieron durante el siglo XIV en el norte del territorio italiano de ese entonces, no sería hasta el siglo XVIII cuando se registraron las referencias más antiguas que relacionaron a la baraja de tarot con el proceso de adivinación. Es durante esta época que hacen su aparición distintos tipos de documentos, los cuales asocian la simbología en las ilustraciones de las cartas con las creencias mágicas del antiguo Egipto.

 

Esta aparente influencia egipcia es complementada con otros estudios que buscan explorar las características del tarot, según ellos, el pueblo gitano tuvo un papel relevante en la trascendencia del aspecto adivinatorio. Ya que, aunque la llegada del tarot al continente europeo sea previa al arribo de los gitanos, es importante saber que ellos nunca lo dejaron de practicar, incluso mientras eran perseguidos por la Inquisición. Lo que permitió que haya podido llegar hasta nuestros días.

 

Dejando de lado su origen; que posiblemente provenga de los egipcios, o sea consecuencia de particulares doctrinas religiosas enseñadas durante la Europa medieval, y siglos después por el paganismo latino; la verdad indiscutible es que a través del tiempo, el tarot se ha manifestado como una de las técnicas más eficientes para llevar a cabo una adivinación.

 

 

Parte de esa capacidad se encuentra en el fantástico poder que reside en su simbología, la cual sirve de guía para interpretar las ilustraciones que aparecen en los arcanos mayores y menores. Estos poseen individualmente un significado especial, que debe ser estudiado a detalle para desarrollar el conocimiento necesario para su análisis. Porque si se desea explorar toda la gama de posibilidades de esta técnica de adivinación, es importante tomar en cuenta las nuevas connotaciones que nacen cuando se combinan las cartas, así como el lenguaje corporal de la persona a quien se le esté realizando la lectura.